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'Un grito de amor desde el centro del mundo', de Kyoichi Katayama

'Un grito de amor desde el centro del mundo', de Kyoichi Katayama
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“Porque no toda la literatura en Japón es Haruki Murakami”, parece decir la contraportada del nuevo libro publicado por Alfaguara al asegurar que ‘Un grito de amor desde el centro del mundo’ es la novela japonesa más leída de todos los tiempos.

Chico conoce a chica. Ese es el argumento más conciso que se puede esperar de esta novela del multipremiado Kyoichi Katayama (1959). Se conocen durante la adolescencia. Él es reflexivo, decidido, irónico. Ella es más atractiva, tímida, temperamental y (procurando que no lo sepa nadie) terriblemente insegura. Sus nombres son Sakutarô y Aki, y son dos chicos cualquiera que experimentan ese fenómeno tan místico, tan ajeno a nuestra racionalidad que es el amor. El amor incondicional, el amor que duele, el amor que todo lo puede. Sakutarô es el encargado de narrarlo todo, y huye como puede de caer en el estancamiento de la subjetividad. Se hace cronista de su propia historia, de su propia amargura, con toda la precisión que tiene a su alcance.

Sakutarô se resiste a pensar que se ha enamorado de Aki, por temor a que ella, pese a sus insinuaciones constantes y a la relación abierta que mantienen, pueda rechazarle. Así que comienzan un noviazgo con pies de barro, casto y lleno de tabúes. Es una presentación de personajes a trazos, brillante por su determinación y que subraya la melancolía como el comportamiento estándar que rige la evolución humana. Las tres primeras frases del libro son apabullantes: “Aquella mañana me desperté llorando. Como siempre. Ni siquiera sabía si estaba triste”. Directas. Sencillas. Sobrecogedoras. Recuerda a Murakami, sí, y no es casualidad que sea Lourdes Porta, la habitual traductora del autor de ‘Norwegian Wood’, la que también haya transmitido al español la elocuencia nipona de este otro genio que es Katayama.

Porque Katayama ha sabido construir dos personajes que, pese a su normalidad, están condenados a ser inolvidables. Se aman, y por tanto se hacen mutuamente dependientes. Llegan a pensar que no se imaginan un mundo sin el otro con toda naturalidad. Se roza lo deprimente del asunto, aunque tarda en alcanzarse, cuando se intuye que Aki está enferma y que la esperanza de volver a vivir una relación de color de rosa es cada vez más abstracta y absurda. Las conversaciones de felicidad plena se convierten en lamentos al pie de la cama del hospital, miedo y mal presagio.

Las cincuenta primeras páginas son insuperables. Cómo se conocen, la reacción de los demás, el qué dirán, la burbuja que supone encontrar al supuesto amor de su vida (y más a los dieciseis años). Parece mentira que a tantos kilómetros de distancia los ápices de sensibilidad emocional puedan ser tan afines y tan dispares a la vez. El amor es el amor. Aquí, y en Japón. Por desgracia, los saltos en el tiempo y el tono exclusivamente pasteloso que toma la historia provoca un espantoso declive, una lectura que sorprendentemente se convierte en aburrida y banal. ¿Qué le pasó a Katayama? ¿Por qué se fue por el camino fácil? Es difícil explicárselo, pero desde luego hace recaer en un absurdo viaje ¿espiritual? a Australia bastante peso de la novela cuando en realidad era ese atontamiento amoroso lo que nos había encandilado. Ese simple cuentecito sobre dos muchachos que se quieren y lo asumen lo que nos había hipnotizado. Y entonces, la cursilería disimulada se convierte en novela rosa de lo más predecible y carente de interés.

Con todo, ‘Un grito de amor desde el centro del mundo’ es una novela interesantísima, que explora con mucha habilidad los terrenos de la irrealidad de la pasión amorosa, la pérdida de un ser querido y hasta nuestro lugar en el mundo. Muy recomendable, aún con su deplorable último tercio (casi insoportable). Atención a las conversaciones con el abuelo. Antológicas.

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