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'El Cristo de Velázquez', de Ángel González

'El Cristo de Velázquez', de Ángel González
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Banderillero desganado. Las guedejas del sueño cubren tu ojo derecho. Te quedaste dormido con los brazos alzados, y un derrote de Dios te ha atravesado el pecho

Un piadoso pincel lavó con leves algodones de luz tu carne herida, y otra vez la apariencia de la vida a florecer sobre tu piel se atreve.

No burlaste a la muerte. No pudiste. El cuerno y el pincel, confabulados, dejaron tu derrota confirmada.

Fue una aventura absurda, bella y triste, que aún estremece a los aficionados: ¡qué cornada, Dios mío, qué cornada!

Hay muchos Ángel González. Está el Ángel González vitriólico y mordaz que en plenos años sesenta se disparaba con bombas incendiarias como Sí, fue un malentendido./ Gritaron: ¡a las urnas!/ y él entendió: ¡a las armas! -dijo luego. Está el Ángel González socarrón y pícaro de Le comenté:/—Me entusiasman tus ojos. / Y ella dijo: / —¿Te gustan solos o con rimel? y el ingenioso malabarista de la palabra: Nadie se baña dos veces en el mismo río./ Excepto los muy pobres.

Está finalmente el Ángel González existencialista, el hondo pesimista que se pregunta qué hace falta para que él sea Ángel González y proclama su ser como éxito de todos los fracasos. Todo eso es Ángel González, y todo eso es uno de sus poemas de madurez por los que tengo más cariño, El Cristo de Velázquez. Algo pequeño, intímo, doloroso y cruel pero al mismo tiempo lleno de ternura.

Como hiciera Miguel de Unamuno sesenta años antes, González se deja fascinar por la éterea pintura de Velázquez, un Cristo exangüe que emana una luz macilenta suspendido de un madero que flota en el vacío. Pero Unamuno y González son dos existencialistas de signo diverso. El primero quiere creer en ese Cristo que dio toda su sangre por nosotros. A González lo de creer le sobra: lo que busca es acercarse a esas figura sufriente cuya dimensión religiosa le es indiferente, incluso ridícula. Lo que quiere González es querer.

Es amor lo que expresa el poema de González, amor por un despojo patético y triste. Cristo es para él un sonámbulo al que la muerte sorprendió en el sueño, aquella aventura absurda en la que predicó un evangelio de amor y cuyo ejemplo sólo sirve de comidilla para los aficionados, ya sea en el ruedo o en los bancos de la Iglesia. Pobre banderillero sacrificado por espectáculo, para consumo de masas.

La esperanza de resurrección que representa el Cristo se diluye por completo en la poesía de González. Nada le devolverá la vida, ni siquiera el pincel piadoso de Velázquez que lava con luz sus heridas. La inmortalidad que le otorga el arte no hace sino escindirle para siempre jamás del hombre que alguna vez fue. Lo que vemos es un reflejo. La inmortalidad no es para nadie, es para cosas muertas.

Creo reconocer un González solidario con la aventura absurda de este Cristo sorprendido por el papel que le toca jugar. No sé si le preocupaba la figura que iba a dejar tras su muerte o si ya, con ese estilo suyo resignado y burlón, daba por hecho que no habría nada que hacer, que el Ángel González que le sobreviviría en su poesía no sería desde luego él. Pero de Ángel González nos queda un eco, una emoción, y eso debe de significar algo. Son estos los momentos en los que me tomo partido por Unamuno y quiero creer.

En Papel en Blanco | Ángel González

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