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El recuerdo de Oscar Wilde

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Belleville es uno de esos barrios parisinos en los que a duras penas trata de sobrevivir el espíritu bohemio de antaño. El precio de las viviendas y de los artículos de primera necesidad amenaza la supervivencia de artistas en esta zona, como ocurre con el célebre Montmartre. Sin embargo, sus calles estrechas y empinadas, y las preciosas vistas que ofrece de la ciudad hacen de él un lugar excelente para encontrar inspiración y rincones de lectura.

En el cementerio de este distrito reposa Oscar Wilde, maestro de la ironía, el ingenio y el humor. Al observar el monumento que cubre sus restos, no puedo evitar recordar las peripecias que terminaron llevándolo hasta la capital francesa donde, pobre y olvidado, dejó huérfanos a lectores de todo el mundo.

Si la homosexualidad aún despierta ampollas y malestar entre los más conservadores, hace cien años este sentimiento rozaba el paroxismo. La perdición de Wilde fue un joven presumido y amante del lujo y de las fiestas, llamado Alfred Douglas. Bosie, que así lo llamaba Oscar cariñosamente, abusó de su confianza y de su dinero hasta que fue descubierto por su padre.

La presión de este Lord hundió la imagen pública de Oscar Wilde y lo condujo a la prisión de Reading, una pequeña localidad próxima a Londres, donde escribió el que, paradójicamente, sería uno de sus poemas más hermosos: The ballad of Reading gaol. Cuenta la historia de un soldado que fue ahorcado por matar a su mujer, aunque su caso es el mismo que el de tantos otros que fueron presos en aquella cárcel.

Yet each man kill the thing he loves, By each let this be heard, Some do it with a bitter look, Some with a flattering word, The coward does it with a kiss, The brave man with a sword!

También escribió una extensa carta a Bosie que después se publicaría bajo el nombre de De Profundis. En ella el autor se nos muestra más próximo, más humano que nunca mientras repasa su vida en común con Douglas. No se trata de un reproche fácil ni de un texto banal sin calidad literaria. Es el testimonio de una poderosa sensibilidad que se vio forzada al peor de los destinos.

No dudo que en esta carta en la que tengo que hablar sobre tu vida y la mía, del pasado y el futuro, de cosas dulces que se tornaron en amargura y de cosas que amargas que pudieron haber sido alegres, habrá muchas que herirán profundamente tu orgullo. Si esto ocurre, lee la carta una y otra vez hasta que mate tu vanidad.

Wilde sigue fiel a su prosa sencilla pero elegante, a las múltiples referencias al arte de todas las épocas, aunque principalmente al de los clásicos griegos y romanos. La profunda melancolía de sus palabras nos ofrece la imagen de un Wilde vestido con los harapos de presidiario, sentado con la pluma en la mano lejos de los salones aristocráticos que frecuentaba. Arropado por una soledad que mitigó su humor, pero no su ingenio.

Su tumba sigue en pie ante el paso de los años, cubierta por las firmas y los besos de todos aquellos que mantienen vivas sus obras con la lectura. Su vida dio un terrible e inesperado huelco con el fin de siglo, así que no puedo evitar sentir un pequeño burbujeo en el estómago cuando contemplo lo que queda de este magnífico autor entre las lápidas y los árboles de Père Lachaise, el enorme cementerio del barrio de Belleville.

En Papel en Blanco | Oscar Wilde

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