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¿Carver o Lish?

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El estilo de Raymond Carver dejó una profunda huella en numerosos escritores del siglo XX. Aunque cultivó otros géneros, es recordado principalmente por sus relatos, pequeños episodios de la realidad cotidiana de la Norteamérica de su época. Su forma de narrar era directa y concisa, libre de adornos y florituras, cruda y gélida como una noche de invierno. Sus cuentos terminan siempre de forma cortante, imprevista, dejando a medias al lector que no reflexione sobre el camino que lo ha conducido hasta ese final.

Los críticos definen su estilo como realismo sucio, sin embargo, es difícil etiquetar la personalidad de escritores como él. Ahora bien, ¿hasta qué punto el sello de Carver era genuinamente suyo? Hace unos años, el New York Times Magazine despertó una enorme polémica al afirmar que gran parte de sus relatos fueron retocados y corregidos por su editor, Gordon Lish, cuya labor iría más allá de las meras recomendaciones. Por lo visto, el tiempo y sucesivas investigaciones han demostrado que así era.

Los cambios introducidos por Lish solían ser recortes en la narración que potenciaban el estilo glacial y seco de los cuentos originales. Reducía el número de palabras, alteraba los finales, etc. De hecho, la mayor parte de los relatos que conforman De qué hablamos cuando hablamos de amor pasaron por su tijera. Así pues, ¿quién estaba realmente tras este peculiar estilo narrativo?

No hay duda de que Carver tenía un ojo especial para lo cotidiano. La fuerza de sus temas y sus personajes habla por sí sola. Pero quizá por vivir inmerso en esa realidad, con una trayectoria errante y problemas con el alcohol, tratara de buscar consuelo aportando cierta calidez a sus historias. También dotando de humanidad a sus personajes, que sin embargo han llegado hasta nosotros como férreos témpanos. Posiblemente, su frialdad no fuera tan intensa como para conseguir la visión impasible y distante, despiadada en ocasiones, que tienen los relatos tal y como los conocemos. Ahí es donde entra Lish, que varió ciertos diálogos, descripciones e incluso títulos. Él sí podía ver desde fuera, libre de emociones, el mundo que sugería Carver.

En cualquier caso, esta revelación no debería llevarnos a quemar los ejemplares que conservemos de Carver. Al fin y al cabo, lo realmente importante son los relatos en sí mismos y la influencia que han tenido en la literatura contemporánea. Simplemente, Lish terminó de pulir un diamante en bruto que tenía demasiadas entrañas como para resistir el peso de un mundo sin esperanzas. Y eso, que yo sepa, no es ningún crimen.

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