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[Un relato a la semana] ‘Berenice’ de Edgar Allan Poe

[Un relato a la semana] ‘Berenice’ de Edgar Allan Poe
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El cuento que nos ocupa no es uno de los más conocidos del estadounidense Edgar Allan Poe, quizá tampoco de los más notables, pero sin duda constituye una de las primeras muestras de sadismo exacerbado del autor.

Berenice fue publicado por primera vez en el periódico Southern Literary Messenger en 1835, sin embargo, debido a sus explícitas descripciones de escenas espeluznantes, los lectores enviaron toda clase de quejas al periódico. Esta suerte de censura pública obligó a Poe a publicar con posterioridad una versión recortada, en 1840. No obstante, a juicio de expertos en su obra como Cortázar, Poe consiguió entonces afinar la calidad del relato, volviéndolo mucho más sugerente.

Este relato de terror gótico se basa en la relación de dos personajes antagónicos, Egaeus y Berenice; él enfermizo y estudioso, ella pletórica y extrovertida. A través de Egaeus asistimos a su monomanía, una enfermedad que le obliga a quedarse obsesionado por las cosas más pequeñas e insignificantes durante largas temporadas. Y la belleza de Berenice constituirá una de estas nuevas monomanías para el protagonista, concretamente sus dientes blancos e inmaculados.

El desenlace apenas ofrece detalles, sólo una nube de sugerencias, esa caja, esas 32 piezas blancas, pero enseguida, retrotrayéndonos con la imaginación a lo que pudo haber pasado, podemos reconstruir la violencia que ejercerá Egaeus en Berenice para poseer esa belleza o quizá para arrebatársela.

Por cierto, la cita en latín que encabeza el relato puede traducirse como “Me decían los amigos que podría encontrar algún alivio a mi dolor visitando la tumba de la amada”, una cita que de algún modo esclarece el final del relato y que el propio protagonista hallará escrita en un libro también en las postrimerías de la historia.

Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en la melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas; suyos eran los paseos por la colina; míos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mí mismo y entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupadamente por la vida, sin pensar en las sombras del camino o en la huida silenciosa de las horas de alas negras.

En Papel en blanco | Un relato a la semana El relato | Berenice

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