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Las peores obras de teatro de la historia (I)

Las peores obras de teatro de la historia (I)
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Sin duda, la más soporífera de las obras de teatro jamás representadas es el montaje del 19 de noviembre de 1866 de Oonagh o los amantes de Lismona, de Edward Falconer. Además, la obra era realmente larga: empezó a las siete y medio de la tarde y duró hasta tres de la madrugada. Hasta que los tramoyistas, observando que el público había empezado a dormirse, decidió bajar el telón. Nunca se hizo una segunda función.

Pero mejor que el público se duerma a que te abuchee. Tal y como le pasó a Charles Lamb el 10 de diciembre de 1806, en el estreno de su propia obra Mr. H., en el Drury Lane Theatre. Era una comedia cuyo gancho humorístico residía exclusivamente en que su protagonista, un conocido jugador de críquet, se llamaba Hogsflesh (carne de cerdo).

Tal y como explica Stephen Pile en El libro de los fracasos heroicos:

Más tarde, Lamb dijo que estaba de acuerdo con el veredicto del público y que se puso a abuchear y a silbar para que nadie se enterara de que era el autor. La dirección del teatro quería mantener la obra en cartel, pero el autor les suplicó que la quitaran.

Por su lado, la obra que menos veces ha sido representada en el West End se titulaba The Lady of the Lyons (La señora de los leones). Se estrenó el 26 de diciembre de 1888 en el Shaftesbury Theatre. Tras esperar pacientemente una hora, se desalojó al público porque nadie sabía abrir el telón de seguridad. Quizás la obra era francamente buena, pero quién sabe.

Para saber realmente el éxito de una obra, es mejor contar la recaudación de taquilla. El récord, a la baja, se lo lleva un espectáculo representado en la Opera Comique en la década de 1890: 28 libras y 11 chelines.

Esta suma fue el resultado de cuatro semanas de funciones de un musical que trataba del amor en el desierto, y que no estaba malogrado ni por canciones inolvidables ni por diálogos de especial interés. Desesperado, el empresario anunció una representación gratuita de aquella refrescante comedia musical. Sólo acudieron cinco personas y el espectáculo cerró sus puertas.

Además del público, la lengua viperina de un crítico teatral también puede hacer mucho daño moral a la compañía teatral. En el Libro Guinness de los récords se menciona la crítica que Alexandre Woolcott hizo del espectáculo de Broadway Wham! y que sólo decía “¡Ay!”.

Pero hay una todavía más humillante. A principios del siglo XX se estrenó en el Duchess Theatre de Londres un espectáculo titulado A Good Time (Un buen rato). A la mañana siguiente, la crítica decía sencillamente “No”.

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