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Las peores obras de teatro de la historia (y II)

Las peores obras de teatro de la historia (y II)
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Seguramente no os suene el nombre de Robert Coates, cuyo nombre artístico era Romeo. No os sonará a pesar de que fue un actor de teatro de mediados del 1800. Pero la razón de que no os suene es que probablemente fue el actor peor considerado de la escena teatral.

No solo era un inepto interpretando papeles, sino que tenía una extraña obsesión por ir siempre cubierto de diamantes de la cabeza a los pies, lo exigiera el personaje o no. También tendía propensión a “mejorar” los textos de Shakespeare sobre la marcha, aunque más bien, lo que hacía, era empeorarlos.

Tal y como explica Stephen Pile en El libro de los fracasos heroicos:

Su especialidad eran las escenas de muerte, que solía anticipar extendiendo un chal de seda blanca en el escenario. Estas escenas eran tan largas y se recibían con tal entusiasmo que con frecuencia hacía bises y volvía a morir.

En efecto, lo que en realidad hacía el público era chotearse de él. Y el poco éxito que tuvo fue probablemente porque era más un freak que un actor.

Pero en la historia del teatro ha habido peores representaciones de Shakespeare. Seguramente la peor de todas fue la celebrada en Stratford en 1769 para conmemorar el bicentenario del nacimiento del escritor, organizadas por el actor David Garrick.

Para empezar, el festival se celebró con cinco años de retraso y en un mes equivocado. Pero eso no es todo. Un chaparrón torrencial empapó los fuegos artificiales, que no se pudieron encender. Un muro se derrumbó dejando fuera de combate a lord Carlisle, el invitado principal. Luego el río se desbordó de su cauce mientras la señora Baddeley cantaba en una carpa “Río Avon de suave fluir”. El desfile triunfal fue pospuesto dos veces y en el baile de disfraces los asistentes bailaron minués hundidos en el agua hasta los tobillos. Al salir, cinto cincuenta de ellos cayeron en una zanja.

Si hilamos más fino, podemos fijarnos en el que probablemente fue el peor efecto escénico, que sucedió en 1945, durante el estreno de The French Touch (El toque francés), que protagonizaban Arlene Francis y Brian Aherne. Para darle un “toque” especial, el agente de prensa de la producción hizo que, tanto los programas como las acomodadoras, fueran literalmente empapados de perfume francés. El problema fue que también echó perfume a través del sistema de ventilación del teatro, creando tal tufo que obligó a la mitad del público a abandonar la sala. La otra mitad quedó amodorrado. Y el reparto tuvo que hacer verdaderos esfueroz para llegar hasta el final de la obra.

Si nos fijamos en el atrezo, entonces debemos centrar nuestra atención en Richard Keene, un utilero de Wandsworth que era empleado de Richard Wagner. En 1876, Wagner le encargó un dragón para su estreno mundial de la ópera Sigfrido, en Bayreuth.

El problema fue que llegaron la cola del dragón, el tronco y la cabeza, pero faltaba el cuello. De modo que tuvieron que unir la cabeza al tronco, directamente, creando un dragón que producía más bien hilaridad entre el público. Además, pasados casi tres años, Wagner escribió que el cuello del dragón nunca había llegado. Tiempo después descubrió que un empleado lo había enviado por error no a Bayreuth, Alemania, sino a Beirut, capital del Líbano.

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