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Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura

Tres sombreros de copa, de Miguel Mihura
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PAULA saluda con la mano tras los cristales. Después se vuelve. Ve los tres sombreros de copa y los coge… Y, de pronto, cuando parece que se va a poner sentimental, tira los sombreros al aire y lanza el alegre grito de la pista: “¡Hoop!” Sonríe, saluda, y cae el telón.

Así finaliza la obra de Miguel Mihura. No he desvelado detalles del argumento (lo haré más abajo) y la cita me sirve para incidir en su significado profundo, aquel que hace de Tres sombreros de copa una obra del siglo pasado en la que podemos rastrear mucho de nuestra vida actual.

Tres sombreros de copa es una de las obras teatrales más importantes de la primera mitad del siglo XX, con unas particularidades que la convierten en una obra aislada en su tiempo. La obra, escrita en 1932, aunque estrenada 20 años más tarde, sigue despertando en mí el sabor agridulce que deja un humor que sólo intenta camuflar la amargura de la vida de sus personajes.

Unos personajes a los que nos gustaría empujar y despertar con el grito de: “¡Por ahí no!”. Quizá lo cómico fuera el único modo de sobrellevar el conflicto entre el ser (en el sentido pleno y libre de la palabra) y el parecer.

La obra transcurre en un solo espacio escénico (una habitación de hotel) y en una sola noche (la víspera del matrimonio entre Dionisio y una virtuosa señorita). Esta noche será la que le descubra a Dionisio que quizá el matrimonio no sea la vida que desea. Cuando, borracho, inmerso en el baile que se organiza en su habitación, rodeado de personajes insólitos, exclama “Yo nunca he sido tan feliz”, nos damos cuenta de la fragilidad del camino del matrimonio en que se va a embarcar.

Es significativo que, de los 3 sombreros de copa que lleva para su boda, símbolos de la convención y la etiqueta en este caso, ninguno le quede bien. No hacen más que ridiculizar aún más si cabe su aspecto, convirtiéndolo en un personaje grotesco.

El resorte que le lleva a dudar de su decente destino es Paula, una bailarina de music hall que se aloja en el mismo hotel. Dionisio no será el único personaje que dude de su futuro. Paula se ve igualmente atrapada en un falso mundo de libertad y la atracción que siente por el protagonista masculino le hará plantearse huir de ese universo. Poco le dura al lector o espectador la ilusión del mundo del espectáculo representado por Paula.

Ella vive una vida en la que se deja explotar y maltratar por Buby (“Buby es malo. Pero Buby no se casa nunca… Y los demás se casan siempre”), en la que le duelen las piernas de bailar y casi no gana dinero para vivir, por lo cual se ve obligada a engañar a los ricos señores y dejarse querer por ellos…

El impulso de libertad que ambos personajes intentan en esta noche de descubrimientos y confesiones se queda en eso, un mero impulso inicial sin consecuencias. Sueñan con escapar juntos a la playa, a Londres, a Chicago... pero con el amanecer los sueños se desvanecen. La ruptura con la convención y la monotonía en el caso de Dionisio, y la ruptura con la explotación y la falsedad en el caso de Paula, son una vana ilusión. Como ilusión simbolizan los sombreros de copa.

Por eso Dionisio, al final de la obra, asustado y ridículo, no es capaz de escapar de su boda, de los huevos fritos que todo hombre decente ha de tomar para el desayuno, de las conversaciones con ancianos paralíticos y de los alaridos de su esposa al piano todos los domingos. Y por eso, Paula, al final de la obra, no cae en el sentimentalismo. Sigue lanzando el grito del espectáculo. Con una sonrisa falsa a la que lleva demasiado tiempo acostumbrada.

Y los sombreros de copa, vacíos de glamour, de magia y de espectáculo, acaban en el suelo, como las ilusiones de los personajes. A cuántos de nosotros se nos caen los sombreros al suelo por no atrevernos a...

Más información | Realidad literal

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