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‘El esnobismo de las golondrinas’ de Mauricio Wiesenthal

‘El esnobismo de las golondrinas’ de Mauricio Wiesenthal
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¿Cómo me dio por meterme entre pecho y espalda semejante tochamen de más de mil páginas? Bien, todo tiene su razón de ser. La cosa debe remontarse hasta mediados de octubre, cuando regresaba de madrugada de Suiza. Iba a toda pastilla, en una autocaravana alquilada, solo, sumido en una noche larga e ingrata llena de café y sueño y carreteras desdibujadas por la niebla.

Una noche mala que, sin embargo, me dejó una impronta favorable en el cerebro. El descubrimiento de una voz, un personaje singular por su tono peripuesto, altisonante, con un léxico y unas ideas que parecían provenir de un tiempo ya caduco. Era un escritor al que entrevistaban en un programa de radio que llevaba grabado en el Radio CD. Un personaje que me fascinó y repelió a partes iguales.

Hablo de Mauricio Wiesenthal, un escritor que no callaba, siempre hilvanando un soliloquio emborrachado de sí mismo, largando palabras sin apenas dejar espacio al entrevistador. Una verborragia llena de pedantería, cultura clásica, idiosincrasia personalísima y, claro, esnobismo, un esnobismo casi cósmico, consciente, orgulloso de sí mismo. Y así le ha salido a Mauricio Wiesenthal el libro que nos ocupa, El esnobismo de las golondrinas, como si todo él fuera una transcripción de uno de sus parloteos infinitos.

Y eso, lejos de parecerme malo o cansino, me ha resultado deliciosamente interesante. Como si, por un rato, me hubiera puesto una pajarita y, bastón en mano, me hubiese desplazado a club de caballeros a charlar de lo humano y lo divino, esnifando rapé a cada rato. Todo muy esnob, muy cultureta, muy subidito, sí, pero aún así estimulante y hasta entrañable.

Porque ni mucho menos ratifico, rubrico y apoyo, punto por punto, coma por coma y frase por frase, la opinión vertida por el autor en este libro de viajes que más que lugares concretos te enseña a viajar en general.

Pero en esencia todos deberíamos estar de acuerdo con él. Y salvando las distancias, quizá ese esnobismo un tanto repelente, es inevitable sentirse imantado por una mente que al menos no se parece en nada a la mente de ese turista español y mayoritario, con chanclas y cámara al hombro, que se ríe con aires de superioridad de lo que ve a golpe de ojo (“aquí no saben comer”, “donde se ponga la catedral de mi pueblo”), habla su idioma al estilo Caballo Loco en Murieron con las botas puestas tanto si el interlocutor es inglés, francés o austrohúngaro y aprovecha cualquier momento para imitar a Chiquito o a José María García como nadie (o sea, como todos). El tipo de español, ya sabéis, que compra discos de OT, lee a Pablo Coelho y queda finalista en Gran Hermano.

Mauricio Wiesenthal, en ese sentido, ni siquiera parece español aunque haya nacido en Barcelona allá por el 1943. Y eso siempre se agradece, aunque en los detalles podamos discrepar.

Así pues, estamos frente un libro diferente, denso, aristocrático a la par que bohemio, lleno de ideas e información casi descabalada sobre lugares de todo tipo, mayoritariamente europeos. Una guía de viajes sin reglas, humanista, sin fronteras, donde tiene más importancia un café o un vino que una catedral famosa o un monumento característico. El tipo de turista que se marcha a París para pasar una tarde tomando algo en una terraza mientras observa lo que pasa cuando no pasa nada, como diría Perec, sin ninguna prisa, sin sentir que se está perdiendo la maldita Torre Eiffel con sus largas colas de adictos al turismo mercantil.

Una guía de viajes novelada, de estilo literario clásico, totalmente fuera de nuestro tiempo, sólo para quienes acepten el juego de ponerse una pajarita y andar muy recto. Y con una mirada casi poética, entonces, disfrutar de Versalles, del Orient-Express o del Queen Elizabeth. Un viajero que sigue disfrutando de la vieja Europa y que, a pesar de las apariencias, lo hace siempre en un carruaje de caballos deliciosamente demodé.

Un libro para quienes disfruten paladeando palabras como las que siguen:

Conozco en Londres algunos hoteles que huelen a cuero de Rusia y a caoba: el Savoy (donde a veces dirigía la orquesta Johann Strauss o bailaba Anna Pavlova), el Claridge´s (el único lugar donde todavía se sirve el té con toda ceremonia), el legante Ritz o el Dorchester. Pero, como ya he dicho, mi preferido era el Brown´s, que fue fundado por un mayordomo y una doncella de lady Byron. En 1876 Alexander Bell hizo desde este hotel la primera llamada telefónica que se oyó en Londres.
Jermyn Street es una academia del buen gusto: los perfumes de Floris, los zapatos de Lobb, los sombreros de Bates donde se puede comprar todavía un homburg como el que llevaba Eduardo VII, las maquinillas de afeitar de Trumper que tienen el peso justo para los dedos, los aromas (cedro, hoja de tabaco, flores secas, bosque, miel y pan de especias) de la cava de Dunhill, el color delicioso de los quesos azules de Pastón, los relojes atronómicos de Trevor Philip y las camisas de Hawes & Curtis o Turnbull & Asser.

Editorial Edhasa, 2007
1152 págs.
ISBN: 9788435009836

Sitio Oficial | Ficha en Editorial Edhasa

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