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La vuelta al mundo andando de Ignacio Dean

La vuelta al mundo andando de Ignacio Dean
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Entre 2013 y 2016, Ignacio Dean recorrió el mundo a pie. En ese tiempo, y tirando siempre de su carrito “Jimmy” (un trasunto quizá del Wilson de ‘Naúfrago’ o del Viernes de ‘Robinson Crusoe’), Ignacio Dean caminó 33.000 kilómetros que le llevaron a 31 países, algunos con un clima y una orografía dura y extrema, como Armenia, Irán o Australia, y otros muy peligrosos para el turista y para el viajero solitario, como Honduras, México o El Salvador, donde unos maras lo intentaron asaltar con machetes.

Las peripecias de ese viaje inusual y casi eterno están contadas por Dean de forma minuciosa en 'Libre y salvaje', un libro que acaba de editar el sello Zenith (del Grupo Planeta). Ese relato, casi siempre interesante, aunque también reiterativo, no es el de un curtido viajero, ni siquiera el de un tipo con mil recursos, sino el diario de un chaval que quiere dar la vuelta al globo y que para ello va con el dinero y el conocimiento justo y se da unas palizas de 50 o 60 kilómetros diarios para cruzar cada país en el tiempo escaso de tránsito al que le da derecho cada visado.

Dean pasa miedo, frío y calor en su tienda, desplegada muchas noches en los sitios más inoportunos, pero también se deja invitar por los cientos de personas que le salen al paso y le sacan de la dura e incierta intemperie y de la soledad, ofreciéndole de vez en cuando un techo, un plato de comida caliente y un buen rato de conversación.

Ignacio Dean no es un literato o un hombre excesivamente documentado que acompañe su periplo por ciudades, desiertos, selvas, valles o llanuras cultivadas de referencias culturales o de datos sociológicos, económicos o políticos. Este no es un libro para saber cómo está el mundo, aunque sí para reparar en lo diverso que es y en lo diferente que puede llegar al ser si nos salimos de los márgenes estrechos del turismo convencional.

Casi siempre, su empeño está en dar cuenta del viaje como forma de superación personal, en lo físico y en lo psicológico. Al fin y al cabo, Dean pasa tres años fuera de casa, recorre lugares inhóspitos como el desierto de Atacama o el interior de Australia, sube cordilleras como lo Andes o el Cáucaso, y empuja su carrito por las carreteras y caminos de muchos países en los que difícilmente, y por la barrera del idioma, se puede comunicar con los lugareños, o donde tiene complicado hablar con su familia y amigos por andar “fuera de cobertura”.

De vez en cuando, y para reponer fuerzas y abastecer o reparar su carro, o poner a punto su tienda, Dean para en ciudades en las que hace turismo al uso, acompañado de amigos o de gente que sabe de él por las redes sociales y se ofrece a ayudarle. Visita monumentos, come los platos típicos y se divierte al son de la música local. Sin embargo, su decisión de recorrer el planeta a pie y de hacerlo muchas veces por las rutas menos transitadas, deja ver a las claras la perversión y la falta de sustancia del turismo de masas y de los viajes low-cost a los que hoy aspiramos todos, por lo menos una vez al año.

La aventura de Ignacio Dean nos hará ver de otra manera esos folletos de viajes que nos dicen, sin el más mínimo pudor, que en una semana conoceremos países y culturas exóticas, y que al final nos tienen yendo de aeropuerto en aeropuerto o nos mantienen prácticamente inmovilizados en un hotel “todo incluído” donde la comida, la bebida y la animación son parte de una fiesta interminable. La vuelta al mundo que Ignacio Dean nos cuenta en 'Libre y salvaje' es la clara antítesis del confort hotelero, recupera el gusto por el conocimiento lento y duradero de las personas y de los paisajes que se adquiere al andar, cuando nos perdemos por los caminos o por las calles y no queda más remedio que abrir los ojos y prestar atención a los demás. Cuando importa más el camino que el destino.

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