Repentinamente, de un ataque al corazón, en la flor de la vida y en el momento más importante de su carrera, así se ha ido Francisco García Hortelano, quien firmaba sus libros como Francisco Casavella. Ha muerto en su Barcelona natal apenas un año después de ganar el premio Nadal de Novela por Lo que sé de los vampiros, un galardón que le auguraba un sólido futuro en las letras españolas.
Casavella comenzó a publicar en 1990 con La Chica Ye-Yé, premio Tigre Juan y El triunfo. Ganó notoriedad con su trilogía de El día del Watusi aparecida entre 2002 y 2003, y compuesta por Los juegos feroces, Viento y joyas y El idioma imposible. También se dedicó a la escritura de guiones cinematográficos, entre ellos la propia adaptación de El triunfo, Volverás de Antonio Chavarrías o Antártida de Manuel Huerga.
Se le hace duro a uno continuar la necrológica de alguien que desaparece tan pronto y que nos deja con tantas expectativas. Porque Casavella era un valor pujante de la literatura española, una verdadera riqueza. Lo comentabamos en la reseña de Lo que sé de los vampiros: le faltaban algunas aristas por pulir, pero tenía potencial para convertirse en un gigante de la novela.



Es un obituario que ha pasado prácticamente desapercibido al lado del de
Ayer murió Volodia Teitelboim, un caso único en la literatura latinoamericana. De hecho, yo quería escribir algo acerca de él desde hace unos días cuando me enteré que se encontraba internado en Chile con un cuadro muy complicado de salud, y me resultaba difícil saber por dónde empezar. Lo obvio, sin embargo, es que se trataba de uno de los intelectuales más respetados e importantes de América Latina, pero también uno de los que sostuvo con la literatura una de las relaciones más intensas.
Hades ha hecho de las suyas en estos días. Parece estarse ensañando con los grandes y se los está llevando persistentemente. No desestima lugares en los cuales llevar a cabo su rapto y en la tarde de ayer sábado se llevó la vida de
Para los aficionados a los cálculos cabalísticos y a los enemigos de las casualidades, el 11 de enero de 2008 ya ocupa un lugar en la historia de la infamia. Supersticiones aparte, lo cierto es que tenemos que añadir un nuevo nombre a la lista de escritores fallecidos en las últimas horas, uno que me produce especial pesar: el del poeta y académico Ángel González, muerto esta noche en una clínica de Madrid a los 82 años.